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Recuerdos de mi amigo iluminado

20 junio, 2012

Persona realizada

Le conocí el verano del 96 y se llamaba Luis. Para muchos Luís podría haber salido de un mundo mitológico, de ciencia ficción, donde las normas culturales y sociales no existen. Pero Luis era un chico “normal”, como tú y como yo, nació en Valladolid y estudió en Madrid. No tengo muy claro cómo se ganaba la vida, pero realmente da lo mismo.

Luis vestía con vaqueros y camiseta, llevaba gafas y en su mirada se percibía cierta paz que hacía que todos los que estábamos a su alrededor nos sintiésemos relajados. Si tenía dinero o no, nadie lo sabía, ya que no solía hablar de esas cosas. Normalmente se movía en  transporte público y siempre que podía, caminaba. No tenía pareja, aunque sí buenas amigas. Alguna vez me pregunté por qué no tendría novia, y llegué a la conclusión de que no había encontrado la persona que encajase con su forma de ver el mundo.

Una de las cosas que me encantaban de él es que podía disfrutar con todo. Le proponías ir a esquiar y se apuntaba, había un concierto y se apuntaba. Era capaz de divertirse con una peli clásica y profunda o viendo Alien y comiendo palomitas. En cierta forma, era como un niño, hacía y veía las cosas como si fuese la primera vez. Los prejuicios no existían en su forma de ver las cosas.

Una vez nos fuimos de viaje a la India. Éramos él y yo frente a ese increíble país, tan duro y cálido a la vez y tan incomprensible para los forasteros. Durante un mes fuimos a Bombay, Delhi, visitamos aldeas y tomamos el sol en la playa. Pasamos calor, sufrimos los Monzones, picaduras de mosquitos y varios robos. Hicimos noche a la intemperie y comimos comida muy picante. Nunca le oí quejarse. No me creeréis, pero él era así, la queja no formaba parte de su vida. Claro que no le encantaba dormir a 40 grados y 90% de humedad, ni los mosquitos cojoneros de la selva, pero simplemente, lo aceptaba. Entraba dentro de la increíble aventura en la que nos habíamos metido voluntariamente y sabía que esas incomodidades formaban parte del viaje. Aún recuerdo una noche que pasamos en la tienda de campaña. El calor era insoportable y no parábamos de sudar por la humedad. En la tienda había al menos 2 o 3 mosquitos que llevaban toda la noche cebándose a nuestra costa. Al amanecer yo me levanté hecho polvo y de mal humor. Él ya estaba fuera, preparando té con el hornillo. Me miró y sonrió. “Alegra esa cara Val que estoy preparando un delicioso té estilo Indio, y esta mañana vamos a una espectacular playa virgen”. No pude menos que devolverle la sonrisa y dar gracias por tener un compañero de viaje que sabía disfrutar de la vida.

Luis era la persona más agradable que he conocido, pero eso no significaba que no dijese las cosas como las pensaba. Un año fuimos a visitar a un amigo a la costa de Valencia y decidimos comernos una paella en un chiringuito. El precio según el menú eran 15€ con todo incluido. Al traernos la cuenta, Luis fue a pagar y vio que nos habían cobrado 5€ por el pan. Él no era agarrado, ni mucho menos, pero no nos habían dicho lo del pan, así que cuando vino el camarero le dijo: “Disculpe, en la carta dice que la paella cuesta 15€ con todo incluido y nos han cobrado el pan. Por favor, revise la cuenta”. El camarero intentó replicarle, pero se dio cuenta de que el truco no había funcionado. En muchos chiringuitos de costa hacen cosas así y los guiris suelen irse pagando de más.

Luis tampoco cedía cuando pensaba que tenía la razón, simplemente mostraba su postura, y si los demás no estaban de acuerdo, no intentaba convencerles, pero tampoco modificaba su postura.

Tampoco le escuché arrepentirse de nada. Supongo que lo veía una pérdida de tiempo. No era que no se diese cuenta de que a veces cometía errores, simplemente intentaba no volver a cometerlos pero no se mortificaba por ello. Era humano y eso era lo que le hacía humano.

Un día me enfadé con Luis por llegar tarde a una cita. Habíamos quedado para ir al cine a ver una peli que me apetecía mucho y él llegó 10 minutos tarde. Al llegar se disculpó, pero yo estaba enfadado y le increpé. En cierto modo esperaba que él se enfadase pero no lo hizo. Dejó que me desahogase y cambió de tema. Eso es lo más cerca que estuve de discutir con él.

En una de nuestras largas e incómodas noches en la India le pregunté por su futuro. Yo por entonces soñaba con ser un gran consultor, comprarme una casa, vivir en pareja… En cierto modo me decepcionó cuando me dijo “No he pensado en nada en especial, prefiero vivir cada día intensamente y dejar que la vida me sorprenda”. Yo pensé que era un descerebrado. Si no hacía planes ¿a dónde llegaría?, nunca podría conseguir sus metas… Ahora me doy cuenta de que el descerebrado era yo y cada día que pasa, recuerdo sus inspiradoras palabras para disfrutar de otro nuevo día.

Tener un compañero de viaje como Luis era toda una suerte. Es la típica persona que disfrutaba hablando con desconocidos, preguntando y haciendo cosas de las que cualquiera se sentiría cohibido. Gracias a esa forma de ser tan abierta, nuestro viaje por la India fue mucho más rico en experiencias que si hubiese ido con otra persona. Varios días conocimos gente que nos invitaba a su casas con sus familias. Aprendimos de ellos su cultura y costumbres. No nos limitábamos a visitar templos si no que hablábamos con los monjes que los cuidaban. No nos limitamos a ir a la playa, si no que nos íbamos a pescar con los pescadores. Un día Luis compró ropas indias en un mercado. Yo pensaba que se las llevaría a España como recuerdo, cuál fue mi sorpresa cuando al día siguiente se las puso. No podía parar de reir, me parecía una tontería, pero ahora me doy cuenta de que, simplemente, le apetecía hacerlo y lo hizo.

Nunca supe en qué trabajaba, pero su trabajo debía ser atípico porque muchas semanas las tenía libres, a veces varios meses. Siempre parecía disponer de tiempo para vivir. En estos periodos Luis solía viajar solo, aunque también los dedicaba a meditar, hacer deporte o a desarrollar proyectos propios que le motivaban. El aburrimiento no entraba dentro de sus planes, él solía decir que era imposible aburrirse con tantas cosas tan interesantes que hacer. Nunca me lo expresó así, pero creo que pensaba que el aburrimiento era para los pobres de espíritu.

Luis no tenía muchos amigos, no era la típica persona que es tu “mejor amigo” nada más conocerte, pero cuando entrabas en su círculo, siempre podías contar con él. Eso sí, nunca toleró las dependencias, cuando alguien intentaba manipularle, simplemente pasaba. Esa independencia atraía a todos, pero muchos no la compartían. No entendían que Luis no necesitase a nadie, no sufriese por cosas que los demás sufrimos, que no envidiase la vida de otros, no criticase a los demás… todo eso hacía que mucha gente acabase por alejarse de Luís. Supongo que estar al lado de alguien así les hacía sentirse inferiores.

Luis vivía en un mundo en el que él se había creado sus propias reglas y era fiel a sus valores. Nadie podía manipularle porque era inmune a la culpa y a la preocupación, y también a los halagos y a las críticas. Su amor por sí mismo no dependía de los demás y eso le daba un poder increíble.

Luis, estés donde estés, espero que leas ester artículo para que sepas lo que siempre te quise decir y nunca te dije. Espero que sigas riendo como lo hacías, sin pudor. Espero que sigas haciendo las cosas como las hacías, no para tener éxito ni para hacerlas bien, si no por hacerlas. Espero que sigas amándote a ti mismo como lo hacías, para poder amar a los demás con la sinceridad y sencillez con la que lo hacías. Estés donde estés, espero que te encuentres rodeado de naturaleza, donde te sentías más vivo y feliz.

Dedicado a todos los seres que como Luis nos iluminan el camino.

8 comentarios
  1. Muy bonito y entrañable. Me ha gustado mucho. Gracias a todos esos “Luises” que en algún momento han formado parte de nuestra vida.

  2. Javier permalink

    Lindo texto Val. ¡Vivan los “Luises” que nos rodean y que hacen nuestras vidas más alegres e interesantes! Fuerte Abrazo

  3. Paco permalink

    ¡Qué gusto las personas como Luis!. En algún momento pensé que le había conocido… ¿quién sabe?

  4. Francisco Muñoz de Bustillo permalink

    ¡Yo también tuve un amigo como Luis! Y como todos los buenos, murió joven y siempre le recodaré. Preguntalé a tu padre por Carlos. Es el peaje que tenemos que pagar los que ya somos “muy mayores”

    Un fuerte abrazo querido nieto y no te canses nunca de contarnos cosas

    Un fuerte abrazo

    • Algún día me tienes que hablar de tu amigo Carlos, abuelo.

      Gracias por tus palabras (como siempre)

      Un abrazo

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